Leyendo “Historia de la Psiquiatría” de Edward Shorter, me he tropezado con un movimiento, el de la Antipsiquiatría, que no conocía antes de hoy, pero cuyos remanentes siguen quedando en la mente colectiva actual tal cual si fueran memes de referencia en cuanto al tratamiento psicológico o psiquiátrico se trata.

Shorter juzga desde el principio con ironía el surgir de este movimiento justo cuando la enfermedad mental había podido ser tipificada desde un punto de vista orgánico, gracias a la aparición de nuevas sustancias que suponían un antes-y-después en el tratamiento de estas enfermedades. La capacidad de los médicos de tratar con éxito lo que antes suponía una sentencia de por vida, supuso un enfriamiento en la relación médico-paciente, descuidando la relación psicológica en la terapia, privilegiando ahora el uso de los fármacos. De alguna manera, el cambio real de la psiquiatría hacia la ciencia se asociaba con una supuesta pérdida de humanidad.

Mucho había hecho ya la Psiquiatría anteriormente por ganarse la antipatía de la sociedad general. La arbitrariedad y la falta de transparencia en la definición y la categorización de la enfermedad mental a partir del comportamiento, la conducta o la sintomatología, propia de etapas anteriores; así como, la práctica extendida de ciertos procedimientos deletéreos para la personalidad de los sujetos expuestos como la Terapia Electroconvulsiva o la Lobotomía o los Choques por insulina, aumentaron las filas de los “antipsiquiatras” que hicieron fuerte su discurso, argumentando que el origen de la enfermedad mental no era otro que la exclusión social, la estigmatización de los marginados e irreverentes y el mantenimiento de un status quo por parte de los poderes establecidos.
Algunos intelectuales como Michel Foucault, Erving Goffman o Thomas Szasz, psiquiatra éste que introdujo el concepto de enfermedad mental como “mito social”, fueron protagonistas de un movimiento social en pro de la abolición de la “institucionalización total” como era nombrado el uso del internamiento terapéutico por sus detractores.
La antipsiquiatría cuestionó el pesimimsmo psiquiátrico sobre los catalogados de enfermos mentales. Los pacientes de salud mental demandaban que podían curarse completamente y anhelaban apoderarse de su propia vida. se idearon esquemas para combatir el estigma y la discriminación, para ayudar a la gente con problemas mentales a actuar en la sociedad e integrarse.
Aunque los movimientos antipsiquiátricos habían florecido a lo largo del siglo XIX, su renacimiento a finales del siglo XX empezó con la publicación en los años 60, casi simultánea, de una serie de libros sobre psiquiatría que tendrían una influencia excepcional. Las obras de Foucault, Szasz y Goffman influenciaron a la élite universitaria, promoviendo la indignación contra los hospitales mentales y la psiquiatría en su conjunto, sin embargo, el libro que más hizo para inflamar  la imaginación pública contra la psiquiatría fue una novela de Ken Kesey: “Alguien voló sobre el nido del cuco”. El mensaje era claro: Los pacientes de un psiquiátrico no están enfermos, son simplemente personas anómalas según los estándares sociales. Thomas Scheff, sociólogo de la Universidad de California en Santa Bárbara, determinó que el verdadero problema de la enfermedad psiquiátrica era un asunto de “etiquetas”. Según su tesis la enfermedad mental no era más que una anomalía. Al etiquetar al que incumplía la norma social como enfermo mental, la sociedad conseguía estabilizar la anomalía y hacer que los agentes del control social identificaran a esa persona como objetivo. De este modo, el diagnóstico de la enfermedad mental no decía nada sobre el individuo, sino más bien de la incapacidad del sistema para integrar de otro modo estas anomalías.
Creciendo de este modo desde una cierta sensación de indefensión hacia una reivindicación política sobre el orden social el movimiento continuó hasta afirmar que enfermedades como la esquizofrenia eran en verdad, “un estado de conciencia creativo y lleno de talento, una respuesta sana a una sociedad enferma”.
A finales de los años 60, la interpretación antipsiquiátrica de la llamadas “enfermedades psíquicas” se había ganado a los intelectuales a ambos lados del Atlántico que se habían formado la opinión de que la psiquiatría era una forma de control social ilegítimo y que el poder de los psiquiatras de internar a las personas debía ser suprimido junto con el tratamiento institucionalizado.
El culmen de este movimiento coincidió con el alta masiva de pacientes psiquiátricos y su regreso a la comunidad, proceso conocido como desinstitucionalización. Esta “huida” masiva de pacientes de los hospitales de salud mental contituyó la verdadera vergüenza de la psiquiatría moderna al dejar en la calle y sin atención médica a toda clase de personas carentes por si mismas de recursos. Un tercio de las personas sin hogar en los Estados Unidos estaría en realidad conformado por estos nuevos parias, incapaces de encontrar trabajo o refugio.  La mayoría de ellos abandonaban su medicación una vez puestos en la calle para acabar recalando en los sistemas penitenciarios de los distintos paises.
En los años 80 tuvo lugar una reacción contra estas condiciones desesperadas cuando los hospitales generales y la clínicas psiquiátricas empezaron a admitir un creciente número de pacientes en Unidades de Internamiento de larga duración.
Así pues, a la larga, el movimiento antipsiquiátrico fracasó, pero dejó tras de sí una pléyade de conceptos erróneos y falseados sobre la enfermedad mental que aún siguen marcando el pensamiento generalizado de la sociedad.

Referencias bibliográficas:

Shorter, Edward J&C ediciones médicas S.L. “Historia de la Psiquiatría. Desde la época del manicomio a la Fluoxetina.”
Wikipedia en español buscando por el término “Antipsiquiatría”.